13 de marzo de 2018

ESCARCHA


La escarcha cubría toda superficie alcanzable. La noche se avecinaba impasible y el frío era cada vez más intenso. Los farolillos indicaban el camino hacia la entrada, donde cientos de calabazas habían sido talladas para decorar el exterior de la mansión. El interior no se quedaba atrás, la señora Lockwood lo planeó con suma cautela, ni un detalle se le había escapado. Por algo era una de las fiestas más esperadas del año. Era Halloween de 1912, y todavía estábamos afectados por la muerte de mis padres a bordo del Titanic. Debido a sus deudas, la herencia fue ínfima, y mis tíos, los señores Lockwood, me acogieron como a un hijo más. El cambio no fue tan drástico, ya hacía unos meses que vivía con ellos por los negocios de mi padre.

- Querido, deberías ayudar a Lady Mary.

Mi tía me abordó mientras observaba a los sirvientes esperar a los carruajes. Formaban una hilera perfecta, con bandejas de plata repletas de copas a rebosar, helados y desesperados por entrar al calor del hogar. Me daban lástima. Pero más me la daba el pensar que ese podría haber sido yo.

- Por su puesto, tía.

Asentí obediente y me acerqué al familiar carruaje, donde el chófer ya había abierto la puerta. Una delicada mano enfundada en un guante negro tomó la mía. Su penetrante mirada era increíble, escondía un millón de opiniones, cientos de secretos, pero a la vez conservaba la serenidad digna de una dama. Lady Mary me asombraba, me hipnotizaba, hasta tal punto en que no era capaz de diferenciar la realidad de los sueños cuando ella se encontraba cerca. Sabía de buena tinta que me tenía en estima, yo mismo me había ocupado de cultivarla a lo largo de todas sus visitas, pasar de ser un mero conocido a alguien con quien querer compartir su tiempo a diario.

- Buenas noches, Lady Mary -Sonreí- Como siempre, está preciosa. 

Ella rió alegre, dispuesta a tomar el cumplido. Lucía un hermoso vestido de terciopelo verde y gasa. Su cabello negro recogido en varias trenzas que se entrelazaban entre sí, creando un laberinto que muy pocos podrían resolver.

- Veo que sigue tan encantador como siempre, señor Westerfield -Bajó del carruaje y tendió su abrigo al primer sirviente que apareció- Su tía se ha superado en esta ocasión, la casa está preciosa.
- Como cada año, Lady Lockwood quiere impresionar a todos sus invitados.

Una vez dentro, le ofrecí una copa de Champagne, observando cómo la bebida le coloreaba las mejillas. Bailamos alrededor de las velas durante horas, sin apenas darnos cuenta de cómo el salón rebullía de vida y alegría. Los hombres fumaban pipa y bebían Bourbon; las damas, en general más risueñas y discretas, hablaban entre susurros. Otros muchos daban vueltas alrededor de la pista, con la banda tocando sin descanso una canción detrás de otra. Los sirvientes iban y venían con bandejas colmadas de comida y bebida, tan pronto llegaban se marchaban vacías. Era el paraíso. Un paraíso al que no quería renunciar. 

A lo lejos, nuestras miradas se cruzaron. Ella me miró dubitativa, yo sonreí, tratando de infundirle seguridad.

- Discúlpeme, Lady Mary, debo ausentarme unos minutos -Ella tomó otra copa burbujeante y ladeó la cabeza divertida.
- Por supuesto, señor Westerfield -Se acercó a mi oído- Pero no tarde, a una dama no se la debe hacer esperar, y mucho menos a la suya.

Tragué saliva con fuerza, sonrojado. De repente la chaqueta me sobraba. Me repuse en unos segundos y sonreí con seguridad. Lady Mary me guiñó un ojo y las dudas me acecharon como los vendedores ambulantes en la calle. Se metieron en mi cabeza, gritándome, oprimiéndome. Las acallé momentáneamente, tomando una copa de cristal, tallada con el más mínimo detalle, llena de Borgoña. Me la acabé casi de un trago, sintiendo el calor expandirse por mi cuerpo. Salí afuera, asegurándome de que no había miradas indiscretas que pudiesen seguirme. Allí estaba, junto a la fuente, detrás de unos arbustos invisibles desde de la casa. Sus ropajes eran sencillos, su mirada cristalina, sus ilusiones al alza. El cabello rubio le caía por los hombros, la tenue luz anaranjada de las calabazas a nuestro alrededor le daban un aura fantasmagórica, quizás angelical. El alcohol que rodaba por mis venas me confundía. Sonrió al verme aparecer, con el colgante que le regalé hacía un año en el cuello.

- Olivia -Dije distante.
- Jonathan. Creí que no vendrías.

Me abrazó con calidez, con amor. ¿Cómo hacerlo?¿Cómo renunciar al lujo en que se había convertido mi vida? Me criaron como a un chico sencillo, de clase media, uno que debía dedicarse a la abogacía, quizás regentar algún negocio. Pero el traslado, y la consecuente muerte de mis padres, me habían abierto un mundo nuevo. Toda una esfera de posibilidades. Mi tío, por el aprecio que le tenía a su hermana, mi madre, me daría tierras y un oficio si vivía con respecto a sus estándares. Si no le decepcionaba. Y Olivia… Olivia era un problema. Nos veíamos en secreto desde hacía un par de años, acordamos casarnos. El colgante que relucía en su cuello era la prueba. Un gesto de mi amor, de nuestro compromiso. Sin embargo…

- El plan sigue en pie, ¿verdad? -Dijo entusiasmada. Habíamos acordado escapar esa noche, casarnos en algún lugar remoto y comenzar una vida juntos. Le prometí que Halloween de 1912 sería el día en que todo cambiaría, en que seríamos felices.
- Olivia… -¿Cómo romperle el corazón sin hacerle daño?¿Cómo hacerle entender que ya no era suficiente?

Yo la amaba, de verdad que sí. Pero me amaba más a mí mismo. A la vida que tenía, a la que Lady Mary y mis tíos podían ofrecerme. Alguien me llamó a lo lejos, sin darme opción a responder, sin darme tiempo a una excusa, a una explicación. Olivia me besó en la mejilla, todavía esperanzada por la promesa que hice hace tanto tiempo.

- Nos vemos aquí antes de medianoche, como acordamos. Es nuestro momento, Jonathan. Te quiero.

Y así se despidió, corriendo a través de los arbustos para que el intruso no nos viese juntos. Lady Mary apareció de la nada, con su hermosa sonrisa, su abrigo de visón y dos copas en la mano.

- Mi querido señor Westerfield, cualquiera diría que está usted tratando de esconderse de mí.
- Ni mucho menos, Lady Mary. Nuestra noche sólo ha comenzado -Me tendió una de las copas y brindamos entre risas.

Tomó mi brazo y echamos a andar hacia la casa. Sólo me giré una vez, antes de atravesar la puerta acristalada. La silueta de Olivia se confundía en el jardín, entre las calabazas, las falsas telarañas y las velas negras y blancas. No podía renunciar a mi vida, a mi futuro. Me despedí en mi cabeza, disculpándome de antemano porque no iba a aparecer, porque la dejaría sola, con la promesa de nuestro amor congelándose junto a la escarcha.

No hay comentarios:

Publicar un comentario