La veo desnuda todas las noches. Lo hace a propósito.
Primero enciende las luces, después abre las cortinas. Alzo la mirada sin pretenderlo. No quiero mirar, pero me provoca. La veo a través de la ventana, sólo unos metros nos separan. Frío cristal que me aleja de ella. Siempre ocurre a la misma hora. Hoy no será distinto. Saco la cena del horno y voy a la mesa. Consulto el reloj: tres, dos, uno... La joven hace su aparición. Descorre las cortinas con elegancia, mostrándome su esplendoroso cuerpo. Quién pudiera perderse en esas curvas. No está sola. Rara vez lo está. Siempre va con una o dos personas. Lo mismo da hombre que mujer.
Tomo el primer bocado, el pollo está seco.
Un chico la agarra por los hombros y la empotra contra el vidrio. Su trasero queda pegado al cristal, sus manos se pierden por el cuerpo del desconocido. El manoseo sigue hasta que termino de comer. Van al sofá y siguen su juego. Observo atento, ella quiere que lo haga. Lo sé. De repente nuestras miradas se cruzan. Sonríe relamiéndose el labio superior, provocándome. Me levanto con brusquedad de la silla y me aparto de su campo visual. Sabe que la miro y le encanta. Sin pensarlo, vuelvo a asomarme. Gime entre los brazos de aquel hombre que con cada embestida parece querer desconyuntarla. Casi puedo escuchar sus gritos. Dejo el plato en el fregadero y me siento en el sofá, a oscuras. Tengo el mejor asiento para el espectáculo.
Desconozco su nombre, su ocupación, su edad o sus gustos. Aun así, siento que algo nos une. La veo cuando cocina y cuando come, cuando ríe y cuando llora, sé su horario a pies juntillas y las posturas que más le gustan cuando folla. ¡Y cómo folla...! ¿Y si voy a su casa? ¿Me reconocerá? ¿Me invitará a pasar? Me acerco a la ventana. Conozco su mirada lasciva, me busca con inquietud, con ansiedad contenida. Enciendo la lamparilla y la observo con atención, sus ojos me encuentran y me dedican los últimos gemidos. Sus pechos danzan arriba y abajo, sube una pierna al sofá y el hombre la sigue embistiendo.
Apoya la cabeza en su pecho y el desconocido guía sus dedos con manos expertas. Desde lejos veo sus piernas temblar, sus fuerzas flaquean, toda ella se convulsiona preparada para llegar a la meta. El hombre también está cerca, acelera las penetraciones y sus caricias se vuelven más intensas. En el último segundo, la muchacha me busca.
Sólo cuando me encuentra se deja perder por el orgasmo.
Maravilloso...������
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