18 de mayo de 2018

LOS HOMBRES NO LLORAN

Dicen que los hombres no lloran.

Acaricio el frío ataúd, blanco. Cierro los ojos y todavía la veo corriendo hacia mí. Sonrisa en la cara, rubor en las mejillas. La ilusión flotando a nuestro alrededor. No me dio tiempo a pararla, no pude impedirlo. La impotencia que siguió fue insoportable. Gritos, horror. Sirenas a lo lejos. Su mano agarrada con fuerza a la mía esperando la ambulancia. 

Ha ocurrido, pero me niego a asimilarlo. 

La miro. No es ella. Ya no. Un desgarrador sollozo escapa de mi pecho. Jamás volveré a sentir el roce de su piel contra la mía, esos besos furtivos robados entre clases, enredar mis dedos en su cabello o ahogarme en aquellos ojos que tanto se asemejaban al océano. Alargo una mano, dispuesto a acariciarla una vez más, sólo una. Me reprimo. Doy la vuelta y salgo de la iglesia. No lo soporto. Una horrible opresión quiere partirme en dos. Me abrazo con fuerza, tratando de recomponerme. Lo único que podría hacerlo son sus brazos, y nunca me envolverán de nuevo. Con lo que hemos luchado…

Miro al horizonte. ¿Cómo puede el mundo seguir adelante? El cielo se tiñe de rosa, azul y amarillo, entremezclados en un torbellino que embellece este espantoso momento. Le encantaba el atardecer. Me lo dijo el primer día, tendida en mi cama. La luz iluminando su rostro, el pecho desnudo que subía y bajaba con cada respiración. Esa noche acordamos no enamorarnos. ¡Qué poco sabíamos entonces! Dos personas dispuestas a romper las reglas y seguir el juego de la vida. Guiados por la adrenalina de lo prohibido, creímos ser capaces de controlar nuestros sentimientos. Ilusos.

Abro la boca para decirle algo, pero la vuelvo a cerrar. Ya no está conmigo.

Las lágrimas se deslizan por mi cara, formando regueros que me queman allá por donde pasan.

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